De Emilio González.

Despiertas cuando la luz del sol golpea tu cara. Hoy, a diferencia de cualquier otro día, tu alarma sincronizada a tu Google Calendar no sonó y, por la hora, ya ni siquiera vale la pena el intento de ir a tu trabajo, te regresarán de todos modos por llegar tarde.
Con pesadez, pero también con un ligero alivio, cierras los ojos para dormir un poco más, pero no puedes. Te das cuenta de que, cuando revisaste la hora en tu celular, no tenías ninguna nueva notificación. Nadie te mandó un mensaje por Whatsapp esa noche, ni te etiquetaron en ningún post en Facebook, Instagram ni X, ni siquiera te mandaron una invitación a jugar Candy Crush. Tu ego de “cibernauta famoso” se ofende y crees que es alguna falla en la red, la cual existe. Te das cuenta que la conexión de WiFi está fallando, aunque el módem señala estar funcionando bien. Lo reinicias varias veces pero nada cambia. Tratas de conectarte a alguna señal vecina y ocurre el mismo resultado: el tiranosaurio rex de Google Chrome aparece diciéndote “No estás conectado”.
Frustrado por estar desconectado del mundo te levantas de la cama y lo único que se te ocurre es ir a prender la televisión de la sala. No importa que tengas que ver a los pésimos conductores de los programas matutinos, mínimo ellos te harán compañía mientras te tomas tu café “vuelve a la vida”. Al encender la pantalla, en vez de ver al genérico grupo de conductores de programa de revista, te sorprendes al ver a los periodistas principales del equipo de noticias informando que hay un enorme caos a nivel mundial. Saqueos masivos en bancos, tiendas y oficinas; problemas de tráfico en casi todas las ciudades; aeropuertos cerrados; barcos abandonados a la deriva en alta mar; suicidios masivos en Japón, China y Estados Unidos; desesperación total en los habitantes de todo el mundo. El motivo: una falla a nivel global con las redes de internet.
Por algún extraño motivo, esa madrugada las redes de comunicación en línea se cayeron en todo el mundo, a las 2:08 a.m. hora de la Ciudad de México. Los expertos analizan la posibilidad de un ciberatentado terrorista a escala mundial, pero nadie se ha responsabilizado del acto. Algunos culpan a hackers norcoreanos, otros a la inteligencia rusa, pero todos coinciden que esto generará una crisis de la que será muy difícil poder recuperarse.
Cada minuto que pasa, la desesperación por la falta de este “recurso vital” cobra la vida de decenas de personas. La economía mundial se tambalea, al no poderse mantener a la velocidad de intercambio de información acostumbrada. Las líneas telefónicas se saturan a niveles nunca antes registrados. Gente comienza a instalar sus viejos telégrafos y las oficinas de correos se desbordan de personas desesperadas por comunicarse. La seguridad nacional de todos los países del mundo pende de un hilo.
Piensas en todo esto mientras das el último sorbo a tu café, que despierta las neuronas que aún seguían dormidas. Ves el rostro desesperado del titular de noticias, su voz temblorosa refleja que está lleno de miedo.
Apagas la televisión y, por primera vez en hace mucho tiempo, dejas tu celular sobre la mesa de la sala. De todos modos nadie te va a buscar, porque no pueden. Subes lentamente a tu azotea, lugar donde te refugias cada que tienes una oportunidad de pensar. Tu mente está en blanco, respiras hondo, sientes la luz del sol que golpea tu piel y escuchas el repicar de las campanas de un templo cercano. Pareciera que el fin del mundo está a la vuelta de la esquina, por la manera en la que suenan. “Tal vez por la falta de internet, la gente volverá a su antiguo dios que se esconde dentro de las puertas del templo” piensas mientras ves un pájaro cruzar el cielo, despreocupado.
Sabes que hoy es un buen día para no haber ido a trabajar. De todos modos el callcenter donde trabajas no hubiera podido hacer nada sin internet.
Lentamente cierras los ojos… y te desconectas.